Tuesday, December 07, 2021  |

By Gareth A Davies

MANNY PACQUIAO YA ERA UN FENÓMENO CUANDO ENTRÓ EN EL PERÍODO MÁS DOMINANTE Y GLORIOSO DE SU CARRERA, Y EMERGIÓ DE ELLA COMO UNA LEYENDA

Hubo un tiempo en la carrera de Manny Pacquiao en el que nada le salía mal: era tan conocido en las FIlipinas que cada vez que había una pelea suya el ejército y las guerrillas del país decretaban una tregua para ver la pelea.  Hubo un momento en el que Pac Man tuvo que abandonar el boxeo momentáneamente para transformarse en un político y poder pelear contra la pobreza.  El boxeo lo llevó a eso.

Hubo un momento en el que Pacquiao fue considerado por muchos como el mejor boxeador del mundo libra por libra, evitado hasta por Floyd Mayweather.  Este fue aquel momento en la vida de Pacquiao en la que tuvo una serie de demoledoras victorias en su mejor momento, demoliendo a Oscar De La Hoya, Ricky Hatton y Miguel Cotto en el transcurso de 11 meses entre diciembre del 2008 y noviembre de 2009.  Eso transformó al Pac Man en uno de los más grandes boxeadores que yo haya visto.

Pausemos un momento y veamos cómo Pacquiao llegó a ese punto.  Manny ya había acumulado un registro de 2-1 en su trilogía ante Erik Morales, tenía un registro de 2-0 ante Marco Antonio Barrera, una victoria y un empate ante Juan Manuel Márquez, y antes del triunfo ante De La Hoya había noqueado a David Díaz, quien en ese momento tenía un récord de 34-1-1.

Pacquiao estaba ya entre los mejores del mundo libra por libra cuando enfrentó a Oscar De La Hoya en 2008, pero con una brutal demostración de poder y ferocidad en esa pelea llegaría finalmente a la cima. (Foto por Ethan Miller/Getty Images)

En cuanto a esto, en el trío de peleas en cuestión, De La Hoya tenía marca de 39-5, Hatton 45-1 y Cotto 34-1 cuando enfrentaron al filipino de puños relampagueantes que cortaba la respiración de todo su país cada vez que peleaba.

En ese momento, Pacquiao también tenía al mundo a sus pies.  Era muy querido en su tierra, era el niño mimado de los medios en los Estados Unidos, y entrenaba en el Wild Card Boxing Club de Hollywood bajo las órdenes de Freddie Roach.  El eje de su vida estaba maravillosamente balanceado.  Para sus compatriotas, se había transformado en el producto de exportación más famoso y exitoso de las Filipinas, su estrella más reconocida, y un símbolo de triunfo sobre la adversidad.  Cuando regresó a su tierra después de sus triunfos, este filipino que había crecido en un barrio miserable tras huir a Manila en su adolescencia para boxear por los $2 dólares que le enviaba luego a su madre, fue tratado como un rey.

Más todavía, aquí teníamos a un hombre que lucía y actuaba como si nunca estuviese bajo presión, quien personificaba cabalmente el sueño americano.  Pacquiao había transformado a los Estados Unidos en su tierra de oportunidades.  De La Hoya, Hatton y Cotto fueron las tres oportunidades que tuvo de subirse a un pedestal en tres países netamente boxísticos, y le valieron también una enorme cantidad de recompensas dentro y fuera del ring.  Estas tres peleas vieron el ascenso de Pacquiao a un status de estrella, no solamente por los triunfos, sino por la manera en la que los obtuvo.

La publicidad previa al combate con De La Hoya fue magnífica, llena de mala sangre y actitudes agresivas.  Visto desde afuera, De La Hoya estaba al menos dos divisiones por encima de Pacquiao.  Había derrotado a 19 campeones o ex campeones mundiales, y había ganado 10 títulos propios en seis divisiones diferentes.  En los papeles, De La Hoya tenía una enorme ventaja en alcance, altura y peso.  Se dijo que la pelea sería un «circo».  Fue vista como una pelea demasiado fuerte para el PacMan.

Incluso la gente del gobierno en su tierra alentó a Pacquiao a no pelear ante De La Hoya.  Un congresista filipino, Rufus Rodríguez, le pidió al gobierno que le quite temporalmente la licencia a Pacquiao para evitar que se exponga a una pelea peligrosa.  «Manny es un tesoro nacional”, dijo Rodríguez.  «Si algo le pasa en esa pelea, el gobierno y la Agencia de Juegos Y entretenimientos (GAB), tendrían la culpa.  La GAB debería frenar esa pelea».

Pero Pacquiao, quien había comenzado su carrera pesando 106 libras, pero enfrentaría ahora a De La Hoya en las 147 libras, se rio de eso.  Por contrato, el «Golden Boy», por entonces de 35 años de edad, iba a tener que bajar al peso welter, una división en la que no había peleado en los ocho años previos.  Y, aun así, la noticia que puso a temblar a la esfera política filipina fue que Pacquiao estaría peleando con un monstruo, que sería un combate entre David y Goliath.

Cuando se subió a la balanza, De La Hoya pesó 145 libras, y Pacquiao pesó 142.  Pero los movimientos veloces y agresivos de Pacquiao confundieron a De La Hoya desde el primer campanazo, y terminó recibiendo una golpiza.  Pacquiao superó a De La Hoya en el mano a mano, una y otra vez, en los primeros rounds, con su espectacular trabajo de piernas y sus puños de fuego, y De La Hoya solamente demostró momentáneamente destellos de sus mejores años en el quinto asalto.  En el sexto y séptimo rounds, Pacquiao castigó sin piedad a su rival, y al finalizar el octavo asalto todo acabó cuando el rincón de La Hoya detuvo el pleito.  Pacquiao había desmantelado al boxeador más popular de los Estados Unidos, y estaba ahora clasificado como el boxeador No. 1 del mundo por la revista The Ring.  La pelea generó 1.25 millones de pay-per-views y $70 millones en ingresos por ese concepto.

Fue la cuarta ocasión en la historia del pay-per-view que un evento no encasillado en el peso pesado había superado el millón de compras.  De La Hoya anunció su retiro tras ese combate, y declaró que toda su atención estaría puesta ahora en su labor como promotor.

El héroe regresa a su tierra luego de una dominante victoria por nocaut en ocho asaltos sobre De La Hoya en diciembre de 2008. (Foto por  JAY DIRECTO/AFP via Getty Images)

Aprendimos (una vez más) que nunca hay que decir ‘nunca’ en el boxeo.  Luego de haber desmantelado totalmente a De La Hoya en esos ocho aplastantes asaltos en Las Vegas, Pacquiao inmediatamente desafió a Ricky Hatton, quien estaba trabajando como comentarista de Sky Box Office, para que sea su siguiente rival.  «Puedo pelear en cualquier momento, en cualquier lugar, sin problemas”, dijo Pacquiao.

Hatton aceptó el desafío.  Una súper pelea en el peso welter junior (140 libras), el combate fue planeado para el 2009 en el MGM Grand.

Pacquiao estaba ahora acercándose a su mayor momento de gloria.  Un mes antes de la pelea entre Pacquiao y Hatton, yo visité a este último en Las Vegas antes de volver a Los Ángeles a presenciar el entrenamiento de Pac Man.  Hatton estaba concentrado, en la mitad de su largo entrenamiento en Nevada.  Habló de la pelea y de la calidad de sus sparrings, pero no había demasiado entusiasmo alrededor suyo.

Al llegar a Los Ángeles, el contraste no podría haber sido mayor.  Ahí estaba, en un rincón del Wild Card, ese compacto hombre con una cintura esculpida, poderosos brazos y musculosas pantorrillas.  Estaba rezando en el borde del ring de guanteos.  Pacquiao, cristiano devoto, ídolo filipino, chiquillo callejero transformado en filántropo, y con apenas 1.70 metros de altura, el mejor boxeador del planeta, libra por libra.  Un grupo de 30 filipinos colapsaba de risa ante cada una de sus ocurrencias.

“Muhammad era enorme, y amado por su pueblo, pero nunca tuve a un boxeador que haya cautivado a un pueblo tanto como lo ha hecho Manny .”
– Bob Arum

El gimnasio Wild Card, ubicado entre los boulevard Santa Mónica y Sunset, un par de cuadras del centro de Hollywood, era una fábrica de sueños para boxeadores que querían transformarse en el nuevo Pacquiao, lejos de sus tierras natales.  Durante semanas, el Wild Card reverberó al ritmo de las bolsas que Pacquiao golpeaba con sus veloces manos.  Fue un mes antes de la pelea, y más de 500 filipinos se habían reunido afuera del lugar en una ordenada fila rodeando el cerco perimetral del gimnasio y el estacionamiento para darse la mano, pedir un autógrafo o simplemente tocarle el brazo al hombre que tenía en sus manos los títulos oficiales de «tesoro nacional» y «puño de la nación», otorgados por el gobierno de las Filipinas.  Pacquiao y Roach habían estado juntos durante ocho años en ese momento.  En el ring, incluso en el entrenamiento, se notaba una intensidad y una energía que eran simplemente deslumbrantes.  En 14 años de profesionalismo, Pacquiao había ganado títulos en cinco divisiones – mosca, pluma junior, pluma, ligero junior y ligero.  Bob Arum, el veterano promotor residente en Las Vegas que supervisó la carrera de Muhammad Ali en las décadas de 1960 y ‘70, pasó de visita.  Hizo una comparación entre Pacquiao y Ali, a mi pedido.  «Muhammad era enorme, y amado por su pueblo, pero nunca tuve a un boxeador que haya cautivado a un pueblo tanto como Manny lo ha hecho”, explicó Arum.  «Vaya donde yo vaya, se me acercan enseguida los filipinos».  Tal era el prestigio de Pacquiao en su tierra natal, que hay una ley escrita y aprobada indicando que el ejército filipino debe acudir en su ayuda si su familia está en peligro.  El año anterior, él llevó la bandera de las Filipinas en la ceremonia de apertura de las Olimpíadas de Beijing, y es el primer boxeador filipino en lograr que su imagen aparezca en una estampilla.  En una encuesta de la revista Time para conocer a las 100 personas más influyentes del 2009, Pacquiao había generado hasta ese momento más de 200 millones de votos.

Pero en el gimnasio, bajo la tutela de Roach, hubo una reformulación del estilo de Pacquiao que rindió frutos, haciendo uso de su enceguecedora velocidad de manos al tiempo que desarrollaba la fortaleza mental a través de rigorosas sesiones de guanteos y regímenes de entrenamiento.  «Físicamente, Pacquiao se transformó en una máquina de pelear», explicó Roach.

Temerario, se plantó mano a mano con sus oponentes, casi imposiblemente movedizo sobre sus pies, y pareció responder a cada golpe recibido con tres golpes dados.

Pacquiao se unió a un grupo de periodistas en el restaurante Nat’s Thai Food, cerca del gimnasio.  Acababa de completar 16 rounds de guanteo ante cuatro boxeadores diferentes, 12 rounds de guanteletas junto a Roach, y una carrera de una hora en las colinas de Hollywood junto a su perro, con quien compartía el apodo de «Pac Man».  Luego firmó autógrafos para toda la gente reunida.  Le llevó dos horas.

«Tengo que darle tiempo a la gente para que se saquen fotos y firmarles autógrafos.  Tengo que ser generoso con la gente.  Lo tengo en el corazón.  Sin eso yo no sería Manny Pacquiao», dijo, antes de ordenar huevos duros y ensalada.  «Creo que ser famoso significa que una de tus responsabilidades es dar.  Yo soy una persona normal que cree que la vida es simple, y me gusta la vida simple.  Tengo muchos amigos a mi alrededor.  Soy feliz con eso.  Claro, en el ring uno tiene que ser un guerrero, pero fuera del ring la gente sabe que soy un tipo amigable».

Tal era el prestigio de Pacquiao en su tierra natal, que hay una ley escrita y aprobada indicando que el ejército filipino debe acudir en su ayuda si su familia está en peligro.

Más tarde, se me concedió una visita a su apartamento en Los Ángeles, donde habían unas 40 personas cocinando, cantando y charlando.  Ellos son su entorno, su familia.  Afuera habían guardias armados, patrullando la zona.

Cuando no estaba entrenando en California, Pacquiao regresaba a su mansión de corte presidencial en General Santos City, en Mindanao, con su esposa Jinkee y sus hijos.  El complejo está custodiado día y noche por guardias armados (ya se habían hecho amenazas hacia sus hijos en el pasado).  Allí construyó casas para sus hermanos, su madre y su padre, con quien se reconcilió públicamente en 2006.  En la puerta de su casa se formaban largas filas de gente pasando por un mal momento.  A Pacquiao le resultaba siempre difícil rehusarse a ayudarlos.  Ayudaba a una escuela con 250 niños en su barrio, a través de una fundación creada unos años antes.  Algunos eran huérfanos, otros tenían padres que le pedían ayuda a él.  Desde su última pelea ante De La Hoya en diciembre, él organizó la importación de 350 camas de hospital destinadas a clínicas en la región de General Santos, una autobomba y una ambulancia, y estaba supervisando la reconstrucción del gimnasio LM en Manila para transformarlo en un complejo de departamentos con un gimnasio de boxeo en el sótano.

En su apartamento en los Estados Unidos, le pregunté cómo se sentía por la situación de pobreza que se vive en las Filipinas.  Me miró con una mirada fría.  «La pobreza no me hace sentir rabia», dijo.  «Pero me hace sentir mal por dentro, y yo quiero ayudar.  Yo quiero que la gente en las Filipinas sea feliz, aun cuando no tengan nada.  Incluso si no pueden tener lo suficiente para comer tres veces por día.  Me siento mal porque Dios nos dio todo para vivir en este mundo, entonces ¿por qué no lo compartimos con otra gente?».

La pelea ante Hatton fue otro torbellino de destrucción para el filipino.  Ya no quedaban indicios del Hatton que había derrotado a Kostya Tszyu cuatro años antes, o incluso del Hatton que había desafiado a Floyd Mayweather a fines del 2007, ese púgil arremetedor y crudo que atacaba incesantemente a su oponente.  En lugar de eso, Hatton fue derribado por un Pacquiao brutal y técnicamente superior en dos devastadores asaltos en el MGM Grand Garden Arena.  Hatton fue enviado a las lonas por un crujiente gancho de izquierda que lo postró sobre las lonas.  El final fue brutal y enfático.

Un sexto título divisional (140 libras) fue obtenido por Pacquiao a expensas del británico Britain’s Ricky Hatton en Las Vegas. (Foto por GABRIEL BOUYS/AFP via Getty Images)

Fue una victoria terminante, atestiguada por una multitud de 16.262 personas en vivo y por millones frente al televisor.  Pacquiao, $20 millones más rico que antes, con el título de The Ring del peso welter junior en su poder, disfrutó de una hora de karaoke en el escenario del Mandalay Bay Resort luego de que su plan perfecto rindiera sus frutos.  Tres caídas, seis minutos de trabajo, un corte sobre su rostro gracias a un codazo de Hatton.  Trabajo terminado.  Se escucharon ruidos de que Hatton había estado en Las Vegas demasiado tiempo, que su entrenador Floyd Mayweather padre no había sido una buena elección para el nativo de Manchester.  Pero estas explicaciones apenas tapaban los huecos más visibles.  La realidad era que Pacquiao era demasiado veloz, demasiado preciso y demasiado bueno.  Hatton lució vulnerable y confundido.  Y en última instancia pareció una estatuilla rota.

Y luego vino Miguel Cotto.  Nuevamente, fueron las extraordinarias habilidades de Pacquiao en el ring lo que lo hicieron brillar en Las Vegas una vez más, cuando tuvo otra actuación descollante para desmantelar al por entonces campeón welter de la OMB y transformarse en el primer boxeador en ganar títulos mundiales en siete divisiones.

Pacquiao levantó un título en una séptima división (147 libras) cuando noqueó a Miguel Cotto en el último round. (Foto por Ethan Miller/Getty Images)

El plan de pelea fue ejecutado con precisión clínica:  Pacquiao hizo primero que Cotto lo ataque, absorbió toda esa presión y lo contragolpeó, y luego comenzó a dominar a su oponente desde los primeros asaltos en adelante.  Tal como lo hizo con De La Hoya, hay quienes dijeron que ésta sería la más dura prueba de la carrera de Pacquiao, y aun así los golpes de Cotto le rebotaron al boxeador filipino, quien anuló la potencia de su oponente y pareció no sentirse lastimado nunca durante el pleito.  Cotto quedó reducido a un boxeador lento que solamente podía bailotear y tratar de sobrevivir durante los últimos rounds, pero los ataques veloces de Pacquiao hicieron que el árbitro Kenny Bayless intervenga para rescatar al ya golpeado puerorriqueño y evitar que siga recibiendo más castigo luego de 55 segundos de acción en el episodio final.  El puertorriqueño, a pesar de remontar en el 10mo round, simplemente ya había absorbido demasiado castigo.

Roach creyó que una súper pelea contra Mayweather afianzaría aún más el legado del filipino.  «El mundo entero quiere verlo pelear con Mayweather, y yo quiero a Mayweather», dijo Roach.  En ese momento, el filipino parecía ser el boxeador capaz de llevar a «Money» más lejos de lo que cualquier otro boxeador hubiese soñado.  Esperamos durante meses antes de que se diera aquella pelea en el verano del 2010 en Las Vegas.  El mundo tenía derecho a saber cuál de los dos era el rey libra por libra del universo boxístico.  Lamentablemente, el mundo del boxeo tendría que esperar unos años más para que la pelea se materialice.

Pero en este punto, Pacquiao ya se había elevado a un nivel de estrellato masivo.  Fue un año en el cual Pacquiao fue tocado por un rayo de luz especial, y desde entonces se ha transformado en una de las leyendas del boxeo, comparable con las mejores de cualquier era.

Gareth A Davies es el periodista de boxeo del periódico The London Telegraph.

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